Expressa-Arte

jueves, 24 de junio de 2010

...Drogadicto...

...Drogadicto...

Por: Daike Rucker


Las lágrimas corrían por su rostro. No podía evitarlo. Había fallado. Otra vez. Y lo peor de todo, es que no había sido la primera. Y tampoco sería la última. No podía evitarlo.

Aspiró con fuerza, introduciendo la droga en sus pulmones. Enturbiando su mente. No quería pensar. No quería escuchar. No quería vivir. Pero suicidarse no era opción. ¿O sí?

Hazlo -Dijo aquella voz de su mente- Hazlo y le harás un favor a todos.

Volvió a inhalar. En vano trató de que él desapareciese. Lo odiaba. No lo soportaba.

Pero mi me odias a mi -Objetó la voz- ¿Qué queda para ti?

Lo odiaba. A él. Y a si mismo. Maldición, él siempre sabía donde lanzar sus pullas. Se encargaba de ser un feliz recordatorio e todos sus errores. No lo soportaba.

¿En serio? ¿Tan mala es mi voz? Pero si yo creía que nos estábamos llevando tan bien...

Fumar. Eso era lo único que lo mantenía lo suficientemente poco lúcido como para no llegar a suicidarse. La voz tenía razón. Quizá suicidarse fuese lo mejor que haría en su vida. Pero no podía. Se había enamorado y la había condenado a ella. Y por más que quisiese, ya no podía pensar en acabar con su vida sin sufrir pensando que la abandonaría. La extrañaría demasiado donde fuera que fuese.

Pero ella no te extrañaría. Tu y yo lo sabemos. No después de lo que hiciste.

Fumar. No imaginaba vivir sin su dosis diaria de droga. El dolor y el arrepentimiento eran mil veces mejores si todo te daba vueltas y pensar es algo demasiado abstracto. Pero no desaparecía. Y él se encargaba de recordárselo. Sus errores. Todo lo que no había hecho. Lo que no había sido. Lo odiaba.

Ya sabes que hacer para que me valla.

Sí. Lo sabía demasiado bien. Pero no iba a hacerlo. ¿O sí?

Hazlo y me iré.

Fumó. Con desesperación. Creía recordar que había que resistirse. Pero pensándolo mejor, ¿Por qué no? ¿Qué podía ser peor que la voz de él? Sin él, podría volver a empezar. Olvidar sus errores pasados. Intentar vivir mejor.

Hazlo.

Su mano se dirigió hacia el cajón de su cómoda. Sabía lo que había allí. Lo había comprado hace tiempo. Se había estado resistiendo. Pero ya no había nada que pudiese empeorar.

Hazlo.

Se trasladó al baño de su pieza. Ya no rodaban las lágrimas. Luego sufriría por su amor. Ahora tenía un asunto que atender. Preparó la heroína. Llenó la jeringa y se la clavó en el brazo. No se preocupaba. Nada podría ir peor. Vació la jeringa en su vena. La droga lo golpeó con fuerza. No estaba preparado. Pero había conseguido lo que quería, ¿No?

La risa de él resonó en su mente. Suave al principio. Luego estrepitosa. Se reía de él. E su estupidez. Y entonces lo comprendió. El engaño. Había caído. Igual que la primera vez. Igual que cuando había empezado con las drogas.

¿De veras crees que te dejaría toda la diversión a ti? ¿De veras creías que el deshacerte de mi te dejaría libre?

Se había dejado engañar. Otra vez. Era un círculo vicioso del que ya no sería capaz de salir. Por que él siempre lograba hacerlo caer.

Y de pronto tuvo la certeza de que él ya tenía todo planeado. Que no había sido el primero en caer. Y desde luego, tampoco el último.

Y mientras la droga lo tomaba rápidamente, supo con certeza de que había fallado. Igual que le falló a ella. Igual que le falló a todos. Igual que seguiría fallando.

Por que era un maldito drogadicto...

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